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lunes, 4 de febrero de 2008

Y tu que pides cuando rezas?

A veces rezo para que la angustia que tengo en el medio del pecho se corra hasta mis manos y se escape por la punta de mis dedos.
Es cuando tengo miedo.
Es cuando me imagino cómo era el mundo hace treinta años y veo chicos jugando a la rayue­la en la vereda, autos menos veloces, sobremesas más largas en los restaurantes, gente que camina con agradable ritmo y conversa entre sí.
En la televisión y en los diarios no son todas malas noticias, los muchachos bailan con las chi­cas y las tías habilidosas bordan punto smoke para los vestiditos de las nenas.
Lo imagino tan vívidamente, que hasta siento el olor de los cercos con madreselvas, por ahí, por los barrios.

¿Qué pedía en ese tiempo, cuando rezaba?
Pedía que todos los que amaba vivieran muchos años sanos y felices.
Que no faltara el trabajo.
Que no fabricaran jamás robots en serie para suplantar a las personas en sus tareas.
Que todos los feriados cayeran en viernes.
Pedía una casa con un jardín, o un departamento con patio en planta baja, con una parrilla para los asados. Y una mesa enorme para poder invitar a los amigos: a Kevin y a Blasi, a José y Juan Manuel, que nunca se rindieron, que pelearon por los sueños y las alas como otros luchan por quedarse con las cajas fuertes. Recitábamos a Whitman y a Vallejo, a Neruda y a Becquer, algo de Baldomero, de Carriego, de la Juana de Ibarbourou, unas estrofas de Manrique, de Sor Juana, de Guillén, de Manuel del Cabral... Uno empezaba y los otros seguíamos, y llegaban Ana y Roberto, Susana, Ana María..
No se sacaban tantas fotos. No había una cáma­ra en cada casa. Y lo que sucedió quedó pintado aquí, en la memoria del corazón, y uno puede cambiar de ropa y de lugar a los protagonistas.

A veces rezo para darle gracias a Dios por las cosas pequeñas.
Porque no paso frío de noche en el invierno.
Porque algunos viven.
Porque estoy terminando el siglo.
Porque casi todos los árboles que planté están de pie.
Porque la radioactividad no acabó con los jaz­mines ni con las violetas ni con los colibríes ni con los choclos de dorados granos ni con las tem­blorosas mariposas.
Y también le agradezco las cosas importantes y sagradas: la familia que entrechoca sus copas en Nochebuena, y amo más que a nada en el mundo. Y siento que me ama.
Y le agradezco que me haya dado la palabra que emociona, la palabra que disuelve en el aire la pena agonizante, la palabra que vuela, la palabra que cura, la palabra que inventa otras palabras para embellecer el universo...

El me dio las palabras y yo las he cuidado, las he ordenado, las he trasvasado de mi alma a mi corazón y de mi corazón a mi mente y de mi mente al papel, sin traicionarlas.
Le pido, cuando rezo, que no deje de dictarme lo que quiere que yo escriba.
Que me vuelva amnésica para la desesperación y los recuerdos penosos.
Que me saque el cansancio.
Que encuentre la receta de los scons de mi abuela, y un compañero amante para seguir andando.
Y que no se corte la electricidad a las tres de la madrugada mientras miro televisión.
Y que repitan "Amarcord", "Casablanca" , "Muerte en Venecia", "Días de radio"...
Y tú, ¿qué pides cuando rezas?

De: Poldy Bird




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