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viernes, 9 de diciembre de 2011

Introducción a los sueños, Antonio Machado


Leyendo un claro día
mis bien amados versos,
he visto en el profundo
espejo de mis sueños
que una verdad divina
temblando está de miedo,
y es una flor que quiere
echar su aroma al viento.

El alma del poeta
se orienta hacia el misterio.
Sólo el poeta puede
mirar lo que está lejos
dentro del alma, en turbio
y mago sol envuelto.

En esas galerías,
sin fondo, del recuerdo,
donde las pobres gentes
colgaron cual trofeo
el traje de una fiesta
apolillado y viejo,
allí el poeta sabe
el laborar eterno
mirar de las doradas
abejas de los sueños.


Poetas, con el alma 
atenta al hondo cielo, 
en la cruel batalla 
o en el tranquilo huerto, 
la nueva miel labramos 
con los dolores viejos, 
la veste blanca y pura 
pacientemente hacemos, 
y bajo el sol bruñimos 
el fuerte arnés de hierro. 

El alma que no sueña, 
el enemigo espejo, 
proyecta nuestra imagen 
con un perfil grotesco. 

Sentimos una ola 
de sangre, en nuestro pecho, 
que pasa... y sonreímos, 
y a laborar volvemos.

Vientos del pueblo me llevan, Miguel Hernández


Vientos del pueblo me llevan, 
vientos del pueblo me arrastran,
 me esparcen el corazón 
y me aventan la garganta. 

 Los bueyes doblan la frente,
 impotentemente mansa, 
delante de los castigos: 
los leones la levantan 
y al mismo tiempo castigan 
con su clamorosa zarpa. 

 No soy de un pueblo de bueyes, 
que soy de un pueblo que embargan
 yacimientos de leones, 
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
 con el orgullo en el asta. 

 Nunca medraron los bueyes 
en los páramos de España.
 ¿Quién habló de echar un yugo 
sobre el cuello de esta raza? 
¿Quién ha puesto al huracán 
jamás ni yugos ni trabas, 
ni quién al rayo detuvo
 prisionero en una jaula? 

 Asturianos de braveza,
 vascos de piedra blindada, 
valencianos de alegría
 y castellanos de alma, 
labrados como la tierra 
y airosos como las alas; 
andaluces de relámpagos, 
nacidos entre guitarras y forjados 
en los yunques torrenciales 
de las lágrimas.
Extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
 aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,


 Leoneses, navarros,
dueños del hambre,
el sudor y el hacha,
 reyes de la minería,
señores de la labranza,
 hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
 yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes 
está despuntando el alba. 

 Los bueyes mueren vestidos 
de humildad y olor de cuadra:
 las águilas, los leones 
y los toros de arrogancia, 
y detrás de ellos, el cielo
 ni se enturbia ni se acaba.

 La agonía de los bueyes
 tiene pequeña la cara,
 la del animal varón
toda la creación agranda. 

 Si me muero, que me muera 
con la cabeza muy alta. 

Muerto y veinte veces muerto,
 la boca contra la grama,
 tendré apretados los dientes 
y decidida la barba.

 Cantando espero a la muerte,
 que hay ruiseñores que cantan 
encima de los fusiles 
y en medio de las batallas.

Miguel Hernández