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jueves, 21 de febrero de 2013

Como te digo chiquita...


Como te digo chiquita, 
lo que yo siento por ti,
si cuando no estas a mi lado, 
creo que voy a morir,
por que te tengo en mi mente, 
todas las horas del día,
recordando entre sonrisas, 
tu chispa y tu simpatía.   

Tienes la gracia andaluza 
de la mujer Sevillana,
y esa chispita picante 
de la hembra Mexicana,
con tus curvas generosas, 
parece que te dibujó,
Julio Romero de Torres 
inspiradito por Dios.
Con un clavel en la boca, 
me quitarías el sentido,
si es que aun lo tuviera, 
pues ya lo tengo perdido,
desde el día en que tu barca 
a mi puerto arribo
me abandono la cordura 
y loquito quedé yo.

Si te miro a la carita, 
se llena de resplandor
y al besarte en los labios, 
me respondes sin pudor
con tu cuerpo voluptuoso 
que me tiene encandilado
y ese corazón hermoso 
que me tiene enamorado.

La noche de un trovador...



Ha sido en la noche,
la noche más larga,
la noche más bella
con una doncella,
de la aristocracia.

Érase la noche,
pura y sosegada;
pupilas de fuego,
en mi se clavaban
igual que cristales,
por toda mi alma.

Érase la noche
la noche de plata,
la noche de besos,
de sedas bordadas,
la de ver sus senos,
la de abrir ventanas,
de su bello cuerpo
cargado de llamas,
por toda su pelvis,
por partes sagradas,
entre sus columnas
de cera y de nácar.

Ardía la selva,
de aquella doncella
de la aristocracia.

Érase la noche,
la más perfumada,
de aquella doncella,
ardiente y callada.

Érase la noche
en su dulce cama, 
en su amada selva,
de púrpura y grana.

Le abrí lentamente,
pasé a su entraña
y dando suspiros
por la gran descarga,
aquella doncella,
tan linda y tan guapa,
moría en la brisa,
que besa y abraza,
y abre  sabores
sabores que abrasan.

Y el dulce bracito
sin camisa blanca,
que al estar profundo
más sabores daba,
a la dulce  hurí,
de la aristocracia
la que yo inundé,
de azúcar y agua.

Se queda dormida,
la joven zagala,
le estiro el cabello,
le beso su cara,
y la dejo sola
tendida y saciada,
en su caserío
de grandes murallas.

Me visto de prisa,
abro la ventana,
me tiro al jardín
y un perro me ladra,.
y al sentirme ir,
ella se levanta,
quedando derecha
junto a la ventana.

Me voy por las sombras,
salto la muralla,
ya veo la aurora,
los claros del alba,
y rayos de luz
de aquella mañana.

Y aquella doncella,
mirando callada,
se queda tan sola
después de una noche,
cargada de llamas.

Su noche de fuego,
su noche dorada,
su noche encendida,
la más deseada,
de aquella doncella
de la aristocracia.