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jueves, 4 de febrero de 2016

Caminando hacia el abismo.- Capítulo 5.- Doloroso encuentro.

Capítulo 5.-

Doloroso encuentro.


De camino al hospital la cabeza me daba vueltas, intentaba tranquilizarme diciéndome a mí mismo que todo se solucionaria, mi amigo era un hombre joven y fuerte aún incluso con ese enorme bajón que ha dado últimamente. Intente acceder a mi banco de memoria para encontrar esos agradables momentos de nuestra infancia y sonreí de pronto al recordar el sueño de anoche y otros de los chichones que me gané, esta vez fue en el comedor de verano, un precioso sitio más parecido a un merendero con mesas y asientos de piedra entre unos arboles del jardin. La casa cuna la recuerdo como un sitio precioso y he vuelto en muchas ocasiones para recordar y sentir mi niñez.

Estaba en ese comedor de verano con un plato de remolacha que odiaba por la frecuencia con que la ponían, vacié mi plato sobre unas servilletas y me levanté para tirarla al aire sobre el jardín de al lado de la casa del cura, con tan mala suerte, que por el aire se salió toda la remolacha del papel pareciendo un festín de color rojo adornando el cielo...aún estaba absorto con el espectaculo temiendo que me hubiera visto algunas de las monjas que pululaban por el comedor dispuesta a darte un golpe con el cucharón que era su elemento preferido en el comedor para ponerle las pilas a los traviesos...el golpe no tardó en llegar sobre mi cabeza cuando aún no había notado su presencia detrás mía.
Sonreí de nuevo al pensar en eso y convencerme que desde luego tan rápidas apariciones sin que yo lo advirtiera, solo podía ser debido a esa transmutación que sufrían en cuervos...

Un hilo de sangre me corría por la cara, la monja se asustó y me tomo de la mano haciéndome correr hasta la enfermería donde me lavó la herida y me puso mercromina, yo solo pensaba en la próxima invasión de piojos para después del afeitado reglamentario, presumir de mis heridas de guerra y la larga ausencia impuesta por mí hacia la gran aventura de esconderme de las monjas para encontrarme con ese niña tan preciosa que me hacia soñar despierto...

La vista a lo lejos del hospital, me hizo volver a la dolorosa realidad del momento y toda alegría desapareció como por encanto, quise aferrarme de nuevo a los recuerdos un poco más para traer a mi memoria el día que hicimos el belén viviente, donde mi preciosa chiquilla hacía de virgen Maria y yo con una barba que me picaba horrores hacia las veces de San José. Mi vista no se apartaba de esa cara tan bonita y lloré con ella cuando muy cansada por las horas que estábamos quietos, quería salir del portal de Belén y la misma monja que me hizo la última herida, le daba solapadamente con una regla es las piernas para que no se moviera, habia publico y teniamos que quedar bien...

Tampoco le quitaba la vista a mi amigo Pedro que vestido de pastorcito tomaba del lazo rojo al corderito que tenía al lado, me ponía nervioso que no le quitara el ojo a esa preciosa virgen Maria.
Cuando por fin descansamos del belén viviente, pudimos estar en el pasillo unos momentos a solas y nos cogimos de la mano, ya era una mujercita con sus cuatro años y yo la quería para mi solo, le prometí que cuando fuéramos mayores me casaría con ella, la mala fortuna quiso que u pajarraco se presentara de improviso para separarnos las manos y darnos dos buenos coscorrones, me partió el alma ver como lloraba sin que pudiera hacer nada. 

Empecé a odiar a ese cuervo y me vengue de ella cuando en una excursión en autobús, me puse sigilosamente detrás de ella y de un tirón le arranque la toca, esas que llevaban antes que parecían dos alas para volar, dos alas blancas que disimulaban la negrura de sus verdaderas alas...los gritos de alegría de los niños me sorprendieron y confundieron al ver ese pelo corto de la monja pegado por el sudor del verano, me recordó a una rata mojada y empecé a reírme. La monja empezó a llorar seguramente humillada, pero tomó el relevo del castigo otra monja que desde atrás me propino tal guantazo que me tiró al suelo...yo seguía riéndome...

No me habia dado cuenta que absorto en mis pensamientos, estaba en la misma puerta del hospital
y toda sonrisa de mis últimos recuerdos desaparecieron de pronto, aunque estaba impaciente de ver a Pedro y saber como estaba, tomé el pasillo hacia los ascensores e intentaba tranquilizarme convenciéndome que no sería tan grave...me paró la asistenta de Cáritas que me acercó hasta un cristal de la unidad de cuidados intensivos, la impresión que me lleve se quedaría por mucho tiempo grabada en mi retina...

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Ángel Reyes Burgos