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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Datos sobre la Independencia de México.


Sobre la campana de Dolores

La campana que Miguel Hidalgo hizo sonar la madrugada del 16 de septiembre de 1810, para motivar al pueblo a levantarse en armas "contra el mal gobierno español", una vez concluida la guerra de Independencia, fue conservada por los gobiernos liberales posteriores como uno de los símbolos primordiales del comienzo de ese importante movimiento.

Hoy, la campana de Dolores puede admirarse , perfectamente restaurada, pero ya no en el campanario de la Parroquia de Nuestra Señora de los Dolores (en la población de Dolores Hidalgo, Guanajuato), sino en un nicho ubicado justo arriba del balcón central de Palacio Nacional, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Durante su gobierno, el Presidente de la República en turno tiene la obligación de hacerla repicar para revivir, ante el gran público congregado en la plancha del Zócalo la noche del 15 de septiembre, el grito que con frenesí diera el padre Hidalgo para iniciar la lucha por la Independencia.

Sobre los Chiles en Nogada

De acuerdo con la tradición, fueron las madres agustinas del Convento de Santa Mónica, en Puebla, las que, al enterarse de que el general Iturbide estaba por festejar su santo, y justo por esas fechas estaría de paso por esa ciudad, después de mucho pensar, decidieron halagarlo con la degustación de ese original platillo que, en sus colores de presentación, evocaba los matices de la bandera del Ejército Trigarante: el rojo (en la granada), el verde (en las ramitas de perejil) y el blanco, en la salsa de nogada (hecha con nueces de Castilla), que delicadamente se baña sobre los chiles poblanos que son la base de este tradicional platillo. 

El corazón perdido...hermoso relato.


Iba una tarde de paseo por las calles de la ciudad, vi en el suelo un objeto rojo; me bajé: era un sangriento y vivo corazón que recogí cuidadosamente. Debe de habérsele perdido a alguna mujer, pensé al observar la blancura y delicadeza de la tierna víscera, que, al contacto de mis dedos, palpitaba como si estuviese dentro del pecho de su dueño. Lo envolví con esmero dentro de un blanco paño, lo abrigué, lo escondí bajo mi ropa, y me dediqué a averiguar quién era la mujer que había perdido el corazón en la calle. Para indagar mejor, adquirí unos maravillosos anteojos que permitían ver, al través del corpiño, de la ropa interior, de la carne y de las costillas como por esos relicarios que son el busto de una santa y tienen en el pecho una ventanita de cristal, el lugar que ocupa el corazón.

Apenas me hube calado mis anteojos mágicos, miré ansiosamente a la primera mujer que pasaba, y oh asombro, la mujer no tenía corazón. Ella debía de ser, sin duda, la propietaria de mi hallazgo. Lo raro fue que, al decirle yo cómo había encontrado su corazón y lo conservaba a sus órdenes de si gustaba recogerlo, la mujer, indignada, juró y perjuró que no había perdido cosa alguna, que su corazón estaba donde solía y que lo sentía perfectamente pulsar, recibir y expeler la sangre. En vista de la terquedad de la mujer, la dejé y me volví hacia otra, joven, linda, seductora, alegre. Dios santo.
En su blanco pecho vi la misma oquedad, el mismo agujero rosado, sin nada allá dentro, nada, nada. Tampoco ésta tenía corazón, Y cuando le ofrecí respetuosamente el que yo llevaba guardado, menos aún lo quiso admitir, alegando que era ofenderla de un modo grave suponer que, o le faltaba el corazón, o era tan descuidada que había podido perderlo así en la vía pública sin que lo advirtiese.

Y pasaron centenares de mujeres, viejas y mozas, lindas y feas, morenas y rrubias, melancólicas y vivarachas; y a todas les eché los anteojos, y en todas noté que del corazón sólo tenían el sitio, pero que el órgano, o no había existido nunca, o se había perdido tiempo atrás. Y todas, todas sin excepción alguna, al querer yo devolverles el corazón de que carecían, negábanse a aceptarlo, ya porque creían tenerlo, ya porque sin él se encontraban divinamente, ya porque se juzgaban injuriadas por la oferta, ya porque no se atrevían a arrostrar el peligro de poseer un corazón. Iba desesperando de restituir a un pecho de mujer el pobre corazón abandonado, cuando, por casualidad, con ayuda de mis prodigiosos lentes, acerté a ver que pasaba por la calle una niña pálida, y en su pecho, por fin, distinguí un corazón, un verdadero corazón de carne, que saltaba, latía y sentía. No sé por qué pues reconozco que era un absurdo brindar corazón a quien lo tenía tan vivo y tan despierto, se me ocurrió hacer la prueba de presentarle el que habían desechado todas, y he aquí que la niña, en vez de rechazarme como las demás, abrió el seno y recibió el corazón que yo, en mi fatiga, iba a dejar otra vez caído sobre los guijarros.

Enriquecida con dos corazones, la niña pálida se puso mucho más pálida aún, las emociones, por insignificantes que fuesen, la estremecían hasta la médula, los afectos vibraban en ella con cruel intensidad, la amistad, la compasión, la tristeza, la alegría, el amor, los celos, todo era en ella profundo y terrible y la muy necia, en vez de resolverse a suprimir uno de sus dos corazones, o los dos a un tiempo, diríase que se complacía en vivir doble vida espiritual, queriendo, gozando y sufriendo por duplicado, sumando impresiones de esas que bastan para extinguir la vida. La criatura era como vela encendida por los dos cabos, que se consume en breves instantes. Y en efecto se, consumió. Tendida en su lecho de muerte, lívida y tan demacrada y delgada que parecía un pajarillo, vinieron los médicos y aseguraron que lo que la arrebataba de este mundo era la rotura de un aneurisma. Ninguno, son tan torpes, supo adivinar la verdad, ninguno comprendió que la niña se había muerto por cometer la imprudencia de dar asilo en su pecho a un corazón perdido en la calle. Fin

Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 16 de septiembre de 1851-Madrid, 12 de mayo de 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una noble y aristócrata novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poeta, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del naturalismo en España... Para saber mas pulse aquí.


Sobre una cama de rosas.

Si tus besos son caricias
donde no puedo encontrarme
tus te quieros y tus sonrisas
me curan todos los males.

Si escucho un te amo tiemblo
me llega como lluvia florida
y en cada gota que siento
florecen las rosas vivas.

Que tu eres la sal y el salero
que en mi vida pone alegría
y eres ese barquito velero
donde navegan mis días.
Me gusta ese movimiento
cuando en tus brazos me tienes
y sobre la mar el sufrimiento
en un momento detienes.

Aunque ya ni lo recuerdo
si algún día yo he sufrido
desde que a ti yo tengo
mi pecho no siente frío.

Hoy solo quiero besarte
y decirte cosas hermosas
y en mis brazos acariciarte
sobre una cama de rosas.
















Ángel Reyes Burgos
Solo quiero besarte crayolita