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viernes, 9 de junio de 2017

Dos sonetos de Francisco de Quevedo

Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino! 
y en Roma misma a Roma no la hallas: 
cadáver son las que ostentó murallas 
y tumba de sí proprio el Aventino.

Yace donde reinaba el Palatino 
y limadas del tiempo, las medallas 
más se muestran destrozo a las batallas 
de las edades que Blasón Latino.

Sólo el Tibre quedó, cuya corriente, 
si ciudad la regó, ya sepultura 
la llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma en tu grandeza, en tu hermosura, 
huyó lo que era firme y solamente 
lo fugitivo permanece y dura!
Las selvas hizo navegar, y el viento
al cáñamo en sus velas respetaba,
cuando, cortés, su anhélito tasaba
con la necesidad del movimiento.

Dilató su victoria el vencimiento
por las riberas que el Danubio lava;
cayó África ardiente; gimió esclava
la falsa religión en fin sangriento.

Vio Roma en la desorden de su gente,
si no piadosa, ardiente valentía,
y de España el rumor sosegó ausente.

Retiró a Solimán, temor de Hungría,
y por ser retirada más valiente,
se retiró a sí mismo el postrer día.



















Quevedo intentó atraer con fortuna dispar a la Academia a otros autores como Gian Andrea De Cunzi, Carlos de Eybersbach, Vicente Mariner, Justo Lipsio y Michaël Kelker, entre otros, manteniendo correspondencia con ellos, y durante su estancia napolitana desempeñó además otras misiones, algunas relacionadas con el espionaje a la República de Venecia, aunque no directamente como se ha creído hasta hace poco, y obtuvo en recompensa el hábito de Santiago en 1618...Para saber más pulse aquí.

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