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lunes, 20 de febrero de 2017

En mi misma almohada. Poema de amor

Asómate a mis ojos
con postura de pantera
y al besar tus labios rojos
siente mi amor que te espera
para libar de tus besos
azúcar de caña fresca...

No te quites el antifaz
guardarte como un tesoro
que a través de tus pestañas
quiero que sientas mis sueños
que viven solos en España
para llenarte de antojos.
Asómate y acércate más
a través de esta pantalla
donde te escribo estas letras
que hablan de amor y te extraña
y en el alma de mi poesía
quiero ganar mi batalla.

Esa que lucha en mi alma
la que aún no está ganada
y que nunca ganará
hasta que no estés abrazada
el día que llegue la aurora
y estés en mi misma almohada.















En mi almohada crayolita

Sonetos de Miguel Hernández

La familia valenciana que dio dos papas al mundo, es recordada por su leyenda negra como ejemplo típico de nepotismo, corrupción e intrigas en el corazón de Roma.
Guiando un tribunal de tiburones,
como con dos guadañas eclipsadas,
con dos cejas tiznadas y cortadas
de tiznar y cortar los corazones,

en el mío has entrado, y en él pones
una red de raíces irritadas,
que avariciosamente acaparadas
tiene en su territorio sus pasiones.

Sal de mi corazón, del que me has hecho
un girasol sumiso y amarillo
al dictamen solar que tu ojo envía:

un terrón para siempre insatisfecho,
un pez embotellado y un martillo
harto de golpear en la herrería.
Me tiraste un limón, y tan amargo, 
con una mano cálida, y tan pura, 
que no menoscabó su arquitectura 
y probé su amargura sin embargo. 

Con el golpe amarillo, de un letargo 
dulce pasó a una ansiosa calentura 
mi sangre, que sintió la mordedura 
de una punta de seno duro y largo. 

Pero al mirarte y verte la sonrisa 
que te produjo el limonado hecho, 
a mi voraz malicia tan ajena, 

se me durmió la sangre en la camisa, 
y se volvió el poroso y áureo pecho 
una picuda y deslumbrante pena.



















Miguel Hernández Gilabert (Orihuela, 30 de octubre de 1910 - Alicante, 28 de marzo de 1942) fue un poeta y dramaturgo de especial relevancia en la literatura española del siglo XX. Aunque tradicionalmente se le ha encuadrado en la generación del 36, Miguel Hernández mantuvo una mayor proximidad con la generación anterior hasta el punto de ser considerado por Dámaso Alonso como «genial epígono» de la generación del 27...Para saber más pulse aquí.

Tengo un amigo...

Hace unos años, estaba desayunando en un bar y como siempre solo. Me sorprendió un señor con barba blanca que me agradó al instante porque me recordaba a un patriarca, me preguntó si podía sentarse conmigo que se sentía solo y le dije que por supuesto. Le pregunté por lo que quería tomar y me contesto que lo que yo quisiera, que el no tenia dinero para pagar y le dije que no se preocupara.

Me contó que era de Granada y que su piso de allí se lo habían embargado y estaba en la calle. Ese hombre me inspiraba confianza y me hacia sentir bien después de tantos años desayunando solo sin nadie con quien hablar. Al terminar yo, me levanté para pagar y le dije que me acompañara al supermercado. Me extrañó que su desayuno no lo habia tocado y le hice referencia a eso a lo que me contesto que el apenas comía...

En el super, a cada cosa que cogía le preguntaba que si le gustaba y siempre me decía que si, cogí más de lo que normalmente compraba pues quería invitarlo a comer, aceptó y me dijo...por cierto, yo me llamo Marcos. y me presenté, soy Ángel y terminando al pasar por caja, nos vinimos a mi casa.

Hacia muchos años que nadie venia a mi casa y me sentí muy bien escuchando otra voz que no fuera la mía, pero lo que más me gustó, fue que en mis conversaciones conmigo mismo, ya había otra persona que podía responderme y darme sus puntos de vista. Ya no era yo solo dándome la razón a todo sin cuestionarme si mi punto de vista era el correcto, el si disentía, me lo decía sin reparos.

Estuvo leyendo algunos poemas mío y sobre todo le impacto mi novela autobiografica, Al borde del abismo, en cada capitulo le veía surgir lágrimas y eso a mi me impactó por su sensibilidad. Entendí enseguida que Marcos había tenido que sufrir mucho en la vida y no quise preguntarle para que no recordara sus peores momentos, lo dejaria que saliera de el cuando necesitara contarmelo.

Le comenté el nuevo libro que estaba escribiendo, Dioses y religión, pero no me hizo ningún comentario, leyó un par de artículos del libro y se limitó a callar sin dar opiniones. Yo sé, que le hablé del nuevo libro porque yo mismo cambiaba continuamente de opinión que necesitaba contrastar. Se mantenía en su mutismo y no quise insistir. 

Me extrañaba siempre que cuando comíamos, lo veia utilizar los cubiertos que se llevaba a la boca pero el plato permanecía lleno, al terminar la comida siempre hacia café y aunque se llevaba la taza a los labios, se la retiraba llena, no me explicaba eso pero no se lo comenté nunca, quizás porque no quería saber la respuesta...

Todos estos años cuando yo me acostaba, el permanecía sentado en la mesa del ordenador que tengo en mi dormitorio y con algunas de mis novelas, reflexiones o poemas en pantalla, me dormía con una paz que no había conocido nunca. Con su voz que parecía rota me decía, que descanses Ángel. Me extrañaba que en cuanto habría los ojos, el seguía allí sentado y leyendo. Una vez que le pregunté, me dijo que el no necesitaba dormir. No volví a preguntarle.

Una noche me desperté con un fuerte dolor en el pecho, lo veía allí sentado pero muy difuminado, parecía como transparente, intenté llamarlo pero la voz no me salia, quería pedirle el movil que estaba sobre mi mesa para llamar a urgencias, no conseguía levantarme, el dolor era insoportable, me faltaba el aliento, parecía que me estaban cogiendo el corazón en la mano y lo apretaran, sentía que iba a perder el conocimiento, me esforcé por llamarlo, Marcos...desapareció de mi vista y antes de que se me apagara la vida, me dijo, ahora vas a estar bien Ángel, no te preocupes por nada. 

Antes de que todo se hiciera oscuro definitivamente, le dí las gracias en mi corazón a Marcos, ese amigo inexistente que jamás me había abandonado...