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A Pío Baroja de Antonio Machado

Antonio Machado para Pio Baroja

En Londres o Madrid, Ginebra o Roma, 
ha sorprendido, ingenuo paseante, 
el mismo taedium vitae en vario idioma, 
en múltiple careta igual semblante. 

Atrás las manos enlazadas lleva, 
y hacia la tierra, al pasear, se inclina; 
todo el mundo a su paso es senda nueva, 
camino por desmonte o por ruina. 

Dio, aunque tardío, el siglo diecinueve 
un ascua de su fuego al gran Baroja, 
y otro siglo, al nacer, guerra le mueve, 

que enceniza su cara pelirroja. 
De la rosa romántica, en la nieve, 
él ha visto caer la última hoja.
A don Ramón del Valle-Inclán

Yo era en mis sueños, don Ramón, viajero 
del áspero camino, y tú, Caronte 
de ojos de llama, el fúnebre barquero 
de las revueltas aguas de Aqueronte.

Plúrima barba al pecho te caía. 
(Yo quise ver tu manquedad en vano.) 
Sobre la negra barca aparecía 
tu verde senectud de dios pagano.

Habla, dijiste, y yo: cantar quisiera 
loor de tu Don Juan y tu paisaje, 
en esta hora de verdad sincera. 

Porque faltó mi voz en tu homenaje, 
permite que en la pálida ribera 
te pague en áureo verso mi barcaje.





















Pío Baroja y Nessi (San Sebastián, 28 de diciembre de 1872-Madrid, 30 de octubre de 1956) fue un escritor español de la llamada Generación del 98, hermano del también escritor y pintor Ricardo Baroja y tío del antropólogo Julio Caro Baroja y del director de cine y guionista Pío Caro Baroja.

Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 26 de julio de 1875-Colliure, 22 de febrero de 1939) fue un poeta español, el más joven representante de la Generación del 98. Su obra inicial, de corte modernista (como la de su hermano Manuel), evolucionó hacia un intimismo simbolista con rasgos románticos, que maduró en una poesía de compromiso humano, de una parte, y de contemplación casi taoísta de la existencia


Alfa y Omega, dos sonetos de Antonio Machado.

Cabe la vida entera en un soneto
empezado con lánguido descuido,
y apenas iniciado, ha transcurrido
la infancia, imagen del primer cuarteto.

Llega la juventud con el secreto
de la vida, que pasa inadvertido,
y que se va también, que ya se ha ido,
antes de entrar en el primer terceto.

Maduros, a mirar a ayer tornamos
añorantes y, ansiosos, a mañana,
y así el primer terceto malgastamos.

y cuando en el terceto último entramos,
es para ver con experiencia vana
que se acaba el soneto… Y que nos vamos.
Tuvo mi corazón, encrucijada
de cien caminos, todos pasajeros, 
un gentío sin cita ni posada, 
como en andén ruidoso de viajeros.

Hizo a los cuatro vientos su jornada, 
disperso el corazón por cien senderos
de llana tierra o piedra aborrascada, 
y a la suerte, en el mar, de cien veleros.

Hoy, enjambre que torna a su colmena
cuando el bando de cuervos enronquece
en busca de su peña denegrida,

vuelve mi corazón a su faena, 
con néctares del campo que florece
y el luto de la tarde desabrida. 



















En 1895, Antonio Machado aún no había acabado el bachiller. Al año siguiente, dos días antes de su 21 cumpleaños, murió su abuelo, el luchador krausista, íntimo amigo de Giner y eminente zoólogo Antonio Machado Núñez. A la pérdida familiar se unió el descalabro económico de una familia de la que Juan Ramón Jiménez dejaría este cruel retrato en su libro El modernismo. Notas de un curso: "...
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