jueves, 7 de diciembre de 2017

La jauría sometida.


Después de un breve descanso, Javier se puso a preparar lo que necesitaba, los grandes clavos de hierro, los trozos de alambre de espino, cuerdas de escalada, dinamita y las herramientas, Lucrecia rellenaba trozos de carne de burro con el potente narcótico fabricado por ella. Con un punzón clavado en el suelo, hicieron un agujero del tamaño aproximado del grueso de un cartucho de dinamita, la introdujeron dentro y con una mecha lenta para darse tiempo a alejarse, la hicieron estallar. Un diámetro aproximado de un metro del techo de la cueva se desplomó en el interior, los perros aullaron asustados y el salvaje increpaba y maldecía con la maza en alto mirando hacia el techo.
La primera fase había terminado, esperarían tres días para la próxima…

El hambre empezó a cambiar el comportamiento de los animales y el hombre al segundo día, se enfrentaban continuamente y el salvaje intentó matar con su maza a la hembra de mastín  que parecía la más vulnerable, la perra se coló entre sus piernas y le dio un tremendo bocado en uno de sus gemelos, el  hombre se sentó gritando de dolor…
Javier sabía que todo estaba dispuesto para la fase final que dejó para la mañana siguiente.

Por la mañana temprano, echó Javier toda la carne dentro de la cueva, la fiereza del hombre y los perros en la competición por comer más, ponía los pelos de punta.
En menos de diez minutos, todos estaban dormidos…
Hasta el momento, Lucrecia no había querido asomarse a la cueva, no quería ver a su hijo, Javier se deslizaba por una cuerda para bajar y ella le cubría la espalda desde arriba con la escopeta por si había algún contratiempo, sus ojos se empañaron, se secó con dureza y siguió vigilante…Le echó una mochila con lo que iba a necesitar el hombre.

Javier sacó primero la maza de mano y los grandes clavos, puso al salvaje boca arriba con los miembros abiertos, a medio metro de sus extremidades los clavó y a continuación  ató el alambre de espino a los clavos y a sus miembros bien tensados.
Hizo la misma operación con las otras bestias. Cuando terminó, volvió a subir a la superficie por la cuerda y se sentó junto a Lucrecia para consolarla. Otra espera…

Pasearon por los alrededores, sobre todo por la gran afición de Lucrecia a la botánica y especialmente a .todo tipo de raíces o yerbas medicinales. En un cepo encontraron un conejo de campo atrapado y pensaron en hacerse un buen asado para comer.
Hicieron fuego, limpiaron el conejo y lo rociaron con un poco de vino y especias, tendría que saber delicioso por los gestos que pusieron al primer bocado.
Se echaron a dormir un rato, solo tendrían que esperar a oír las primeras señales de los inquilinos de la cueva que les alertará de que estaban despertando.

Un grito sobrehumano los despertó, se pusieron de pie de un salto y Javier corrió hacia el hueco de la cueva, el salvaje tenía las extremidades cubiertas de sangre por el forcejeo del alambre de espino que se clavaba en su carne. Los perros también estaban empezando a despertarse y eso es lo que esperaba Javier para su acto de venganza final...De mi novela Venganza salvaje, para seguir leyendo, pulse aquí.

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