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Queridos reyes magos


Este año no os voy a pedir que me traigáis nada, vivo en una sociedad que sobra de todo, de todo lo que realmente no es necesario. Sé que ya os han pedido paz, salud, felicidad, incluso dinero, también sé que no habrá para todos y que la mayoría tendremos que esperar al próximo año a ver si hay más suerte, por eso hoy os voy a pedir que arranquéis de mi corazón el egoísmo, la rabia, la envidia, el rencor y el conformismo.

Quiero hacer sitio en mi alma para la ternura, la comprensión, la piedad y el amor, que no se vean arrinconadas por los fantasmas de miedo, la avaricia, y la envidia.
Llevaos también la pandemia, la ansiedad, la angustia, la desidia y sobre todo la guerra para que la luz, la fuerza y la coherencia hagan nido en mi pecho. Devolvedme la inocencia, la pureza, la compasión que un día perdí por los avatares de la vida. 

No quiero pediros nada que pueda comprase, no quiero regalos, solo os pido la fuerza para recuperar lo perdido, y la sabiduría para conservar lo de valor que aún conservo.

Hago extensivo este ruego para todos los habitantes del planeta, que este año vuestros camellos vuelvan a Oriente cargados con todas nuestras miserias y con todos los políticos corruptos y miserables y allí los queméis en una hoguera gigantesca en ofrenda a esos dioses oscuros que a veces anidan en nuestros corazones y que nos impiden ver la luz, ojala el año que viene, vuestro viaje de vuelta sea mucho más liviano.

Esta noche dejaré abiertas de par en par las ventanas de mi esperanza y en el alfeizar, los zapatitos de mi infancia llenos de chuches para vuestros camellos. ¡Que Dios os bendiga!.


Mordaza


Lo que me duele de este silencio,
de este ¡quisiera y no puedo hacer!
son estos años vanos, perdidos
que llevo a cuestas de mi niñez.

Siglos tragando farsa y basura
vivaqueando en la oscuridad
cerrando el paso a la rebeldía
rabia, impotencia, noches sin paz.

Siglos ahogando mi propio grito
saboreando la mezquindad
poniendo precio a mi propia vida
marcando el paso sin rechistar.

Sigo econdiendo la testa en tierra
como un reflejo del avestruz
Siempre hay un hoyo donde esconderse
Telebasura, grifa  o alcohol
Siempre hay un precio para venderse
Fama, dinero, poder, temor.

No, no he podido vencer los miedos
amordazado sin rechistar
y en mi egoísmo callo y otorgo
cierro los ojos finjo ignorar.


El otoño de la esperanza


Lo peor de envejecer no son las canas, ni los achaques ni tan siquiera la enfermedad, lo peor es que con cada cabello, pierdes algo que es vital para la supervivencia, los ideales. Durante la infancia nos lo creemos todo, creemos en Dios, en los reyes, en nuestros padres, todo está meridianamente claro y no hay hueco para la duda.

La adolescencia nos trae las primeras incertidumbres, una vez destronados los reyes, empezamos a cuestionarnos a Dios y a la familia y nos revelamos contra la autoridad pero a cambio vislumbramos nuevos horizontes;  los derechos humanos, la ecología, o la política se presentan como metas irrenunciables. Nos identificamos con ideologías redentoras, adoramos a nuevos dioses y salimos a la calle pidiendo libertad y justicia, el sufragio universal nos parece la panacea y nos alineamos incondicionalmente tras líderes y banderas.

Pero los años van cayendo y conforme nos adentramos en el otoño, todas aquellas esperanzas se marchitan como hojas caducas, las ideologías son utilizadas como muletas para torearnos, los líderes mesiánicos son ídolos con pies de barro y empiezas a comprender que "Todo tiene que cambiar para que nada cambie". Algunos optamos por la política del avestruz, y enterramos la cabeza en nuestro propio agujero, otros leemos, investigamos y debajo de cada piedra surgen cientos de gusanos, muchos de aquellos dioses eran sepulcros blanqueados. Algunos arrojamos la toalla y nos agarramos al egoísmo como medio de supervivencia, otros seguimos luchando contra la injusticia y nos desesperamos leyendo los diarios o viendo a los políticos enfangarse en prevaricaciones y corruptelas.

Lo peor de envejecer no es perder la memoria, lo peor de envejecer es perder la fe en la humanidad, en la justicia y en uno mismo, cuando la última hoja de esperanza se desprende de tus ramas, puede que te queden muchos años de vida, pero en realidad, ya estás muerto.


El señor Fasto


La familia tenía un vecino, el señor Fasto, que pretendía a la señora. Era un tipo avaricioso que se disfrazaba como un tipo amable y atento con la familia pero en realidad era lo contrario.

Un día los niños salieron a jugar al patio de la casa y se encontraron con una vereda que subía a un pequeño monte, los niños guiados por la curiosidad siguieron la vereda aquella. Al final de ésta se encontraron con un viejo pozo de roca que al parecer no contenía agua, estaba cegado y arruinado, pero aún contenía el torno para sacar el agua con la cubeta. Los niños accidentalmente tiraron la cubeta al pozo, en ese momento la madre preocupada llamó a los niños.

Al otro día los niños volvieron donde el pozo y para su sorpresa la cubeta que habían arrojado estaba en el mismo lugar de siempre pero había una nota dentro de ella que decía:
TENGO HAMBRE
Los niños, sin importarles mucho de quién provenía la carta, fueron a su casa y llevaron una jugosa pieza de pollo al pozo y la bajaron con la cuerda.

Al otro día los niños volvieron al pozo y ¡oh sorpresa! la cubeta estaba llena de monedas de oro y alhajas. Desde ese día los niños llevaron comida suculenta y a cambio tenían su magnífica recompensa.

Al prometido de la madre de los niños, el señor Fasto, se le hacía raro que los niños escondieran comida durante la cena y además ya los había visto llegar con monedas; se le hizo muy extraño, así que una noche se encaminó al pozo y comenzó a bajar por la cuerda hacia el fondo....

Al otro día los niños regresaron al lugar del pozo y se encontraron que en la cubeta había una cantidad de oro inimaginable, ropa desgarrada y sangrienta y otra nota que decía:
¡GRACIAS POR EL BANQUETE!...¡QUIERO MÁS!


Residencia en la tierra de Amor, relato Pablo Neruda

Sucede que me canso de ser hombre. Sucede que entro en las sastrerías y en los cines marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro navegando en un agua de origen y ceniza. El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos. Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, sólo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores. Sucede que me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra. Sucede que me canso de ser hombre. Sin embargo sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja. 

Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío. No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando, comiendo cada día. No quiero para mí tantas desgracias. No quiero continuar de raíz y de tumba, de subterráneo solo, de bodega con muertos ateridos, muriéndome de pena. Por eso el día lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel, y aúlla en su transcurso como una rueda herida, y da pasos de sangre caliente hacia la noche. Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas, a hospitales donde los huesos salen por la ventana, a ciertas zapaterías con olor a vinagre, a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos colgando de las puertas de las casas que odio, hay dentaduras olvidadas en una cafetera, hay espejos que debieran haber llorado de vergüenza y espanto, hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos. Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos, con furia, con olvido, paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia, y patios donde hay ropas colgadas de un alambre, calzoncillos, toallas y camisas que lloran lentas lágrimas sucias.

En 1921, se radicó en Santiago y comenzó sus estudios de pedagogía en idioma francés en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, donde obtuvo el primer premio de los Juegos Florales de la Primavera con el poema, La canción de fiesta, publicado posteriormente en la revista Juventud. Para saber mas pulse aquí.

El corazón perdido...hermoso relato.


Iba una tarde de paseo por las calles de la ciudad, vi en el suelo un objeto rojo; me bajé: era un sangriento y vivo corazón que recogí cuidadosamente. Debe de habérsele perdido a alguna mujer, pensé al observar la blancura y delicadeza de la tierna víscera, que, al contacto de mis dedos, palpitaba como si estuviese dentro del pecho de su dueño. Lo envolví con esmero dentro de un blanco paño, lo abrigué, lo escondí bajo mi ropa, y me dediqué a averiguar quién era la mujer que había perdido el corazón en la calle. Para indagar mejor, adquirí unos maravillosos anteojos que permitían ver, al través del corpiño, de la ropa interior, de la carne y de las costillas como por esos relicarios que son el busto de una santa y tienen en el pecho una ventanita de cristal, el lugar que ocupa el corazón.

Apenas me hube calado mis anteojos mágicos, miré ansiosamente a la primera mujer que pasaba, y oh asombro, la mujer no tenía corazón. Ella debía de ser, sin duda, la propietaria de mi hallazgo. Lo raro fue que, al decirle yo cómo había encontrado su corazón y lo conservaba a sus órdenes de si gustaba recogerlo, la mujer, indignada, juró y perjuró que no había perdido cosa alguna, que su corazón estaba donde solía y que lo sentía perfectamente pulsar, recibir y expeler la sangre. En vista de la terquedad de la mujer, la dejé y me volví hacia otra, joven, linda, seductora, alegre. Dios santo.
En su blanco pecho vi la misma oquedad, el mismo agujero rosado, sin nada allá dentro, nada, nada. Tampoco ésta tenía corazón, Y cuando le ofrecí respetuosamente el que yo llevaba guardado, menos aún lo quiso admitir, alegando que era ofenderla de un modo grave suponer que, o le faltaba el corazón, o era tan descuidada que había podido perderlo así en la vía pública sin que lo advirtiese.

Y pasaron centenares de mujeres, viejas y mozas, lindas y feas, morenas y rrubias, melancólicas y vivarachas; y a todas les eché los anteojos, y en todas noté que del corazón sólo tenían el sitio, pero que el órgano, o no había existido nunca, o se había perdido tiempo atrás. Y todas, todas sin excepción alguna, al querer yo devolverles el corazón de que carecían, negábanse a aceptarlo, ya porque creían tenerlo, ya porque sin él se encontraban divinamente, ya porque se juzgaban injuriadas por la oferta, ya porque no se atrevían a arrostrar el peligro de poseer un corazón. Iba desesperando de restituir a un pecho de mujer el pobre corazón abandonado, cuando, por casualidad, con ayuda de mis prodigiosos lentes, acerté a ver que pasaba por la calle una niña pálida, y en su pecho, por fin, distinguí un corazón, un verdadero corazón de carne, que saltaba, latía y sentía. No sé por qué pues reconozco que era un absurdo brindar corazón a quien lo tenía tan vivo y tan despierto, se me ocurrió hacer la prueba de presentarle el que habían desechado todas, y he aquí que la niña, en vez de rechazarme como las demás, abrió el seno y recibió el corazón que yo, en mi fatiga, iba a dejar otra vez caído sobre los guijarros.

Enriquecida con dos corazones, la niña pálida se puso mucho más pálida aún, las emociones, por insignificantes que fuesen, la estremecían hasta la médula, los afectos vibraban en ella con cruel intensidad, la amistad, la compasión, la tristeza, la alegría, el amor, los celos, todo era en ella profundo y terrible y la muy necia, en vez de resolverse a suprimir uno de sus dos corazones, o los dos a un tiempo, diríase que se complacía en vivir doble vida espiritual, queriendo, gozando y sufriendo por duplicado, sumando impresiones de esas que bastan para extinguir la vida. La criatura era como vela encendida por los dos cabos, que se consume en breves instantes. Y en efecto se, consumió. Tendida en su lecho de muerte, lívida y tan demacrada y delgada que parecía un pajarillo, vinieron los médicos y aseguraron que lo que la arrebataba de este mundo era la rotura de un aneurisma. Ninguno, son tan torpes, supo adivinar la verdad, ninguno comprendió que la niña se había muerto por cometer la imprudencia de dar asilo en su pecho a un corazón perdido en la calle. Fin

Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 16 de septiembre de 1851-Madrid, 12 de mayo de 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una noble y aristócrata novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poeta, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del naturalismo en España... Para saber mas pulse aquí.


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