Líbame mariposa...


Mi crisálida se convierte en mariposa
para libar de tu cáliz la ambrosía
y beber de cada poro de tu piel
la miel que te produce hacerte mía.

Temblando entre sollozos entrecortados
te dejas que te libe lentamente.
te recorro con mi lengua poderosa
desde el sur hasta tus pechos prominentes.

Te apoderas de mi espada en el viaje
y se pierde en el volcán de tu pasión,
movimientos y vaivenes tormentosos,
estallando gritos desde  el corazón.

Los sollozos se apoderan de mi alma
llantos de felicidad y llantos de amor
lagrimas de consuelo que no conocía
lagrimas que surgen del corazón.

Quedará para siempre en mi alma prendida
ese gran momento en que te amé
soñaré cada noche con esa ambrosía
de tus poros mi amor donde me sacié
y renacerá de nuevo mis ansias cautivas
para libarte de nuevo hasta el amanecer...

Autor:  


¿Recuerdas San Valentín?



Recuerdas mi dulce amor
el primer San Valentín
con las esperanzas vivas
y una vida por vivir
donde no tenia mas sueños
que tenerte junto a mi.

Recuerdas cuando con rosas
y temblándome hasta el alma
poniendo toda mi calma
un beso ardiente te daba
y veía en esos ojos
la pasión de tu mirada.
Recuerdas esos dulces días
donde por ti yo perdía
hasta el aire junto a ti
y con besos de ternura
me llevabas a la locura
por sentirme tan feliz...

Mis sueños no terminaron
con el paso de los años
mis sueños no se acabaron
aunque si que yo te extraño
en este día de amor
cuando no estas a mi lado.


Un soplo de fuego


Quiero recibir tu soplo
Que me quemes como lava
Y se me clave en el pecho
Como se clava una daga.

Que el calor de un soplo tuyo
Será ese regalo pendiente
Que sobre mi pecho profundo
Se quedará para siempre.
Dame un soplo que me sepa
A fuente de amor y vida
Que me caliente las venas
Y calcine mis heridas…

Voy a sentirte en mi pecho
Con tus besos incandescentes
Con calor de puro fuego
Que me queme lentamente…


El coronavirus está matando a mucho tonto

 

La estupidez humana parece no tener límites y da igual que no enfrentemos a una pandemia global, algunos siguen a lo suyo.

Los negacionistas del coronavirus son otra secta destructiva que ponen en riesgo la salud y la vida de los demás, pero a veces (casi como un caso de justicia cósmica) tienen que asumir hasta el trágico final su disparatada locura.

Así dos descerebrados, de esos que subían a sus perfiles de redes sociales fotografías negando la gravedad de la pandemia y desafiando las medidas de distanciamiento social y uso de mascarillas, se han topado finalmente con un virus que ellos mismos proclamaban en internet que no existía.

Y el resultado no puede ser más revelador: tanto la influencer brasileña como el inglés, que se reían de todo el mundo por tener miedo a un virus que ya ha matado a más de un millón de personas, se infectaron y han terminado falleciendo.

Por todo ello (y aunque pueda sonar a desconsiderado) únicamente hay que constatar que hoy en el mundo quedan dos tontos menos, porque estos semideficientes no eran unos pastores de cabras que vivían en una aldea remota de Afganistán, sino en países civilizados y tenían al alcance de un par de clics de ratón toda la información generada en este último año sobre el tema. Pero ellos en su prepotente ignorancia decidieron "pensar" que sabían más que científicos, médicos y autoridades sanitarias, por lo que han pagado con su vida su estulticia.

P.D:

Y mientras tanto otro negacionista, este encima criminal, se ha dedicado a sacar de los congeladores de un hospital estadounidense varios cientos de dosis de vacunas contra el coronavirus para que así se inactivaran y las personas que luego las utilizaron quedaran desprotegidas. Ahora se enfrenta a la posibilidad de pasar 20 años en la cárcel si el juez encargado de su sentencia tiene en cuenta el peligro que ha supuesto para la vida de sus convecinos.  

Frases de Víctor Hugo


1 «Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga»

2 «La melancolía es la felicidad de estar triste»

3 «El infierno está todo en esta palabra: soledad»

4 «Los volcanes arrojan piedras, y las revoluciones hombres»

5 «La tolerancia es la mejor religión»

6 «Inspiración y genio son casi la misma cosa»

7 «Es extraña la ligereza con que los malvados creen que todo les saldrá bien»

8 «Ningún ejército puede detener la fuerza de una idea cuando llega a tiempo»

9 «Nada tan estúpido como vencer; la verdadera gloria está en convencer»


Como una sola flor desesperada.


Lo quiero con la sangre, con el hueso,
con el ojo que mira y el aliento,
con la frente que inclina el pensamiento,
con este corazón caliente y preso,

y con el sueño fatalmente obseso
de este amor que me copa el sentimiento,
desde la breve risa hasta el lamento,
desde la herida bruja hasta su beso.

Mi vida es de tu vida tributaria,
ya te parezca tumulto, o solitaria,
como una sola flor desesperada.

Depende de él como del leño duro
la orquídea, o cual la hiedra sobre el muro,
que solo en él respira levantada.

Juana de Ibarbourou (Fernández Morales, de soltera), también conocida como Juana de América (Melo, Uruguay, 8 de marzo de 1892-Montevideo, 15 de julio de 1979), fue una poeta uruguaya. Es considerada una de las voces más personales de la lírica hispanoamericana de principios del siglo XX, para saber más pulse aquí.

Los cuentos de Canterbury


Los cuentos de Canterbury (en inglés medio, Tales of Caunterbury; en inglés, The Canterbury Tales) es una colección de veinticuatro cuentos escritos en inglés medio por el escritor inglés Geoffrey Chaucer entre 1387 y 1400. Fueron escritos en su mayoría en verso, aunque hay dos en prosa, y son presentados como parte de una competencia de narración de historias de un grupo de peregrinos durante un viaje de Londres a Canterbury para visitar el santuario de Tomás Becket en la catedral de dicha ciudad. El premio es una comida en la taberna Tabard de Southwark a su regreso. 

Los cuentos presentan una estructura semejante a El Decamerón de Boccaccio. Los cuentos de Canterbury es una de las obras más importantes de la literatura inglesa, y quizás la mejor obra de la Edad Media en Inglaterra. Fue la última obra de Geoffrey Chaucer, quien en 1386 fue nombrado Contralor de Aduana y Justicia de Paz y en 1389 Escribano de la obra del Rey. La versión de la obra que prevalece hoy en día procede de dos manuscritos ingleses diferentes, el Ellesmere y los manuscritos Hengwrt. Su mayor contribución a la literatura inglesa fue la popularización del inglés vernáculo en la literatura, en oposición al francés, el italiano y el latín. 

Sin embargo, el inglés había sido utilizado como idioma literario siglos antes de Chaucer y varios de sus contemporáneos como John Gower, William Langland, el Poeta Pearl y Juliana de Norwich también escribieron obras literarias prominentes en inglés. Es incierto hasta qué punto fue Chaucer crucial en la evolución de esta preferencia literaria.

Un grito mudo

 


Me alcanza un repentino desconcierto, 
la extraña aparición de un imprevisto 
que logra sujetarme y retenerme 
en medio de un intenso escalofrío. 

El corazón me sale por la boca, 
se aleja la razón sin previo aviso, 
es tanta la tensión que en mi produce 
que dudo si estoy muerto o sigo vivo.
 
Oh, cielos! Cerrar quieran hoy mis ojos 
y alejen el mal sueño apercibido 
tanta es la sequedad que no me sale 
por mucho que lo intento ni un suspiro.

Juro que por correr no faltan ganas 
mas conseguir lograrlo es ya distinto, 
apenas que lo intento el plomo es tanto 
que no puedo escapar, no lo consigo.
 
Intento hallar la calma por ventura 
pero, yo,  no soy yo... no soy el mismo, 
soy un fajo de nervios y a la espera 
de que el miedo se aleje del pasillo.
 
¡Que salga ya el valor de su escondite! 
Que dejen de temblar por el peligro 
las fuerzas que de golpe y sin razón 
dejaron en mi boca un mudo grito.


Los reyes magos



Ya tenemos aquí los Reyes
y la ilusión está servida
aunque protegidos vienen
nos traerán cien maravillas.

Vacunas, geles y disgustos
mascarillas para todo el año
más confinamiento y sustos
más pobreza y desengaños.

Y si no te hace ilusión
tantos regalos de oriente
renuncia con convicción
y muérete un poco más tarde.

Aunque yo lo pensaría
y antes de dejar la vacuna
con Belcebú pactaría
inyectándomela en las venas.

Piensa con cordura hermano
usa gel y mascarilla
y lávate bien las manos
hasta que lleguen a Sevilla.


¿Sera que me volví loco?...

Entre la hiedra del campo
retoza como una diosa
mujer de cuerpo divino
suave y de piel hermosa.

Vestida tiene su alma
de sueños apasionado
desnudo su hermoso cuerpo
esperando ser gozado.

¿Sera que me volví loco?...
¿sera que estoy alucinando?...
si con los ojos abiertos
parece que estoy soñando.

Rozo con suaves caricias
esa piel de terciopelo
y fabrico corazones
con las trenzas de su pelo.

Mis labios se hacen pinceles
dibujando besos ardientes
desde el sur a las planicies
desde sus pechos a su frente.

¿Sera que me volví loco?...
¿será que estoy alucinando?...
si con los ojos cerrados
la veo y la estoy amando
y  el mismo sol se retira
para que siga soñando...


Un alegre funeral

Los funerales nunca son alegres, pero el de este 2020 va a ser para todos una gran fiesta, porque enterrar este nefasto año será para muchos dejar atrás una pesadilla a la que a esta pandemia arrebató a seres queridos y a muchos amigos cambiando nuestras vidas.

Maldito dos mil veinte
entre otros años malditos
tú fuiste semáforo verde
al sufrimiento infinito.

Llegaste sin avisar
y entre sofocos ahogados
al hospital me has llevado
para no salir jamás...

¿Cómo quieres que te quiera?
voy a enterrarte bailando
y espero pronto te pudras
mientras yo sigo gozando.

Autor:  

1.717.055 de muertos, ¿feliz navidad?


Con la cifra de muertos cabalgando hacia los dos millones de personas, este año me resulta muy difícil desear una Feliz Navidad, pero es lo que deseo para todos desde lo más profundo de mi alma...

Lo más importante es no dejarse llevar por esta situación en la que nos encontramos y tener la convicción de que esta situación va a desembocar en una situación más amable para todos. No es la primera vez que la humanidad ha pasado por graves pandemias y la hemos superado, no tenemos motivos para pensar que en esta ocasión va a ser diferente, solo tenemos que tomarnos la situación con fe y la esperanza de que pronto todo esto se va a normalizar si nosotros ponemos de nuestra parte para evitar los contagios...

Esta en nosotros el ayudarnos mutuamente para frenar esta situación para que mas pronto que tarde, regresemos a la normalidad con una vida plena y feliz...Este es mi mas ferviente deseo para todos con la esperanza de saber que la tranquilidad está por llegar pronto a nuestras vidas...

Autor:  

Justino Andrade, historia


Conocí a don Justino Andrade cuando él bordeaba sus floridos ochenta años y yo fatigaba mis treinta, enredada entre los turnos de un marido taxista y el infierno de tres hijos varones. Frente a mi casa había entonces una pensión: La Dorotea, chica, modesta. La dueña era doña Amparo, una española viuda y sin hijos. Mujer de mucho temple, gran cocinera, quien con la ayuda de una empleada mantenía la pensión como un jaspe. Y allí llegó un día don Justino. Un día de invierno frío y seco.

Lo vi en una de mis corridas al almacén entre el desayuno y el almuerzo. Lo recuerdo entrando a La Dorotea. Vestía un gastado sobretodo gris, sombrero negro y un poncho blanco y celeste terciado al hombro. Como único equipaje traía una pequeña valija. Lo vi y lo olvidé en el acto. Un día, sin embargo, comencé a fijarme en él. Pese a lo crudo del invierno, solía sentarse mañana y tarde en la vereda de su pensión armando sin apuro su cigarro y con el amargo siempre ensillado. Puse atención en él, pues vi que siempre me observaba en mis idas y venidas. Una mañana cruzó.
Buen día doña.
Buen día.
No se mate tanto m’hija. Vive la vida disparando pues. Pare un poco. ¿Pa’qué corre tanto?
Yo barría la vereda. Detuve la escoba para contestarle un disparate y me encontré con sus ojos sinceros, su mano callosa sosteniendo el mate y le contesté:
Qué más remedio don. Si no corro no me da el tiempo.
¿Y pa’que quiere que el tiempo le dé? Lo que no se hace hoy se hará mañana.

Desde ese día fuimos amigos. Me gustaba llamarlo después de almorzar. Nos sentábamos en la cocina. Él traía el amargo. Yo tomaba un café y conversábamos. Se sentaba junto a la ventana apoyado en la mesa. Miraba hacia afuera fumando pausadamente y me contaba historias.

Había nacido en una estancia de Santa Bernardina a fines del siglo diecinueve. Hijo de la cocinera, nunca supo si su padre fue el estanciero o el capataz. No se lo dijeron y él no preguntó. Apenas cumplidos los catorce años se unió a una tropa de insurgentes. Vivió a campo y cielo. Peleando en guerrillas internas. Fue herido de sable en el combate de Illescas, durante la guerra civil de 1904. Fue su última patriada

Enfermo y debilitado, consumido por alta fiebre, acompañó a su General hasta el arroyo Cordobés cuando éste se dirigía hacia Melo. No volvió a guerrear. Se estableció en La Amarilla hasta restablecer su quebrantada salud. Allí vivió cerca de la casa que en los tiempos heroicos habitara Doña Cayetana María Leguizamón, una paraguaya apodada La Guaireña, que según se dice fue amante de Rivera.

Me contó del dolor que lo aguijoneó cuando en enero del 21 vio pasar por Durazno, rumbo a Montevideo, el tren expreso que transportaba desde Rivera los restos de su General. Don Justino me contó su vida con simpleza. Como un cuento. Me dijo que nunca se casó, pero que creía tener tres o cuatro hijos por ahí. Hurgando en sus recuerdos me confesó que sólo una vez, se había enamorado de verdad. Pero que había mirado muy alto. Ella era la esposa de un hacendado. Una muchacha joven y muy bonita casada con un portugués viudo y con hijos.

Una primavera antes de terminar la zafra, ensilló su tordillo y se fue. Le faltaron agallas para pelearla y llevársela con él. No se arrepintió. No hubiese soportado vivir preso de una mujer. Él necesitaba el aire, el viento en la cara, el sol por los caminos, y el andar de pago en pago llevando la luna de compañera. No fue hombre de quedarse en ninguna parte. Fue domador y guitarrero. Anduvo esquilando por el Norte del país, solo o en comparsas. Diestro con la taba y muy enamorado. Andariego. Por eso no tenía historia propia. Ni familia. Ni amigos. Sólo anécdotas, historias de otros. Recuerdos. Y su visión de la vida, su filosofía aprendida de tanto andar y de tanto vivir. Casi iletrado, de espíritu rebelde, reaccionando siempre ante la injusticia social, fue don Justino un soñador de ideas avanzadas que muchos siguen soñando. En aquellas tardes de café y amargo descubrí en don Justino a un hombre íntegro, sincero hasta la exageración, simple y sabio.

Aprendí de él a darle otro ritmo a mi vida. A tomarme mi tiempo. A creer en mí. Y a saber que yo puedo. Se hizo amigo de mi esposo con quien compartía amargos y truco. Mis hijos lo aceptaron como de la familia, pero él nunca se entregó. Pese a que nosotros le brindamos toda nuestra amistad y cariño, don Justino conservó siempre cierta distancia. Y los años se fueron sucediendo entre problemas, tristezas y alegrías.

Había pasado largamente los ochenta y pico cuando un invierno se despidió de mí; varias veces me comentó el deseo de terminar sus días en sus pagos del Durazno. Deseché la idea de convencerlo de lo contrario. De todos modos, no me hubiese hecho caso. Y una tarde cruzó por última vez. No se despidió de nadie. Solo doña Amparo lo acompañó hasta la puerta de la pensión. Sentados en mi cocina y teniendo tanto de qué hablar, compartimos los últimos amargos en silencio.

La tarde empezó a escaparse por las rendijas. Él armó lentamente su cigarro, lo aspiró despacio. Por entre el humo miré su rostro cansado. Apretó mi mano con fuerza. Yo lo abracé y lo besé por primera y última vez. Como a mi padre, como a un amigo. Se fue con su sobretodo gris y su poncho blanco y celeste. Me dejó el regalo de haberlo conocido.
Supimos que murió en el tren antes de llegar a su pueblo.
Murió como vivió: andando.

Ada Vega, edición 2000  http://adavega1936.blogspot.com/

Mis sueños y tú...

Puede ser que tantos sueños
de sueños llene mi vida
cuando en mi pecho yo tengo
tu cuerpo de llama viva...

Y en sueños yo me transmuto
en cuerpo liviano y ligero
para llevarte en mis sueños
conquistando el mismo cielo.

Y allí nos hacemos eterno
mientras mis brazos te abrazan
y en un mundo bello y sereno
nos llenamos de esperanza.
Y es que no hay nada más hermoso
que sentirte entre mis brazos
y contemplar en tus ojos
mi paraíso soñado.

Cuando tendré ya la dicha
de soñar que no te sueño
porque nuestra realidad
en tus brazos es un consuelo.

Pero mientras eso no suceda
yo quiero seguir soñando
que mientras mis brazos te abrazan
tu pecho esta suspirando...


Historia de las pandemias


Las cuatro epidemias más mortales de la historia...
Antes de la aparición del nuevo coronavirus, otras epidemias asolaron el mundo, llevándose consigo millones de vidas

La plaga de Justiniano, en el 541, fue uno de los efectos de una erupción de un volcán en el 536.

El 11 de abril el covid-19 se convirtió oficialmente en pandemia. La OMS anunció que por su nivel de propagación, la enfermedad originaria de Wuhan (China) ya se podía denominar de este modo. Hasta la fecha ya hay 55 millones de contagiados y más de millón y medio de muertos...

Nos enfrentamos a una situación trágica por una alta mortalidad a la que la sociedad llevaba mucho tiempo sin estar expuesta. Antes del coronavirus, otras pandemias y epidemias mortales asolaron el mundo, dejando horribles cifras de muertes. A continuación explicamos cuatro de los episodios más mortales de la historia.

Plaga Antonina (165-180 d. C.): 5 millones de muertos
Al igual que el covid-19, se cree que la también conocida Peste Antonina se originó en China. Los soldados que marchaban a Roma desde Mesopotamia a fines del año 165 d. C. estaban enfermos, muchos cubiertos pápulas (tumor eruptivo que se presenta en la piel sin pus ni serosidad) rojas y negras que podrían llegar a juntarse y caerse. La plaga pronto se extendería por todo el Imperio Romano. En aquel entonces se vivió una situación similar a la actual, no todo el que contrajo el virus –que los investigadores creen que probablemente fuera viruela– murió y los que sobrevivieron se volvieron inmunes. Cuando la plaga llegó a estar bajo control en el 180 d. C., ya había matado alrededor de cinco millones de personas y prácticamente había fulminado a los 150.000 hombres de las fuerzas armadas de Roma. También segó la vida del emperador Marco Aurelio.

Los síntomas, descritos por el famoso médico romano Galeno, eran bastante desagradables: diarrea, tos, fiebre, sequedad de garganta y las pápulas antes mencionadas. En su tiempo la leyenda contaba que la enfermedad fue liberada cuando un soldado romano abrió accidentalmente un ataúd dorado en el templo de Apolo, liberando a la peste maldita de su encierro. Los cristianos también fueron culpados por enojar a los dioses.

Plaga Justiniana (540-542 d.C.): más de 25 millones
Roma pensó que no volvería a vivir una tragedia semejante, pero 400 años después, una nueva epidemia se extendió por territorio romano. Una epidemia mucho mayor: la peste justiniana, que apareció alrededor del 540, también en Oriente, y que se extendió y reapareció en los puertos del Mediterráneo durante los dos siglos siguientes y diezmó la población del Imperio bizantino. "La enfermedad duró cuatro meses en Bizancio, y su mayor virulencia duró tres meses. En un principio, las muertes fueron algo más que lo normal, después la mortalidad se elevó mucho más, y más tarde alcanzó a cinco mil personas cada día, e incluso llegó un momento que fueron diez mil cada día y hasta más. Al principio, todos los hombres asistían al entierro de los muertos de su propia casa, después los arrojaron en las tumbas de otros, para finalmente llegar a un estado de confusión y desorden", escribió Procopio de Cesarea en su libro 'Guerra persa'. "Esclavos fueron separados de sus dueños, y hombres que en tiempos habían sido ricos fueron privados del servicio de sus criados, que habían enfermado o muerto, llegando incluso a haber casas completamente vacías de seres humanos. Por esa razón, sucedió que algunos de los hombres notables de la ciudad permanecieron sin sepultar durante muchos días".

Algunas de las 2.000 calaveras y 8.000 huesos humanos enterrados en el interior de la cripta de la iglesia de San Leonardo en Hythe, Kent, en Inglaterra. Nadie sabe con seguridad la razón por la que tantas calaveras continúan allí. Algunos creen que pertenecen a soldados extranjeros asesinados en una gran batalla. Otra teoría es que son víctimas de la Peste Negra. Pero existe un consenso general sobre que eran ciudadanos de Hythe que murieron hace muchos años y fueron desenterrados en el siglo trece cuando la iglesia necesitó ampliar su terreno. 

Esta vez sí se trató de peste: los enfermos experimentaron bubones, ojos sanguinolentos, fiebre y delirios. Los historiadores hablan de que el cambio climático que experimentó la Tierra en esa época favoreció las migraciones de roedores, cuyas pulgas acabaron contagiando a los comerciantes, que expandieron la epidemia por los puertos. Cuando la epidemia llegó a Constantinopla, la ciudad se vació. Los mercados cerraron y el emperador Justiniano tuvo que requisar tumbas privadas para enterrar a los muertos y que no se quedasen tirados al sol de la calle. Y al extenderse a Roma, el papa Gregorio Magno sacó en procesión a miles de personas frente al mausoleo del emperador Adriano para rezar y detener la plaga. Pero, obviamente, favoreció el contagio. 

Pudo haber desaparecido un cuarto de la población conocida de la época, entre 25 y 50 millones de personas. Y provocó el colapso final de la organización tradicional romana para dar paso a la Edad Media. Fue un cambio de paradigma político, económico y social, como lo será ,de otra manera, el coronavirus que, sin esa letalidad, sí planteará transformaciones globales. El mundo nunca volverá a ser el mismo.

La gripe española (1918-1920): 50 millones
Es considerada la pandemia más mortífera y devastadora de la Edad Contemporánea. Pese a que no fue el epicentro del problema, España ha pasado a la historia por ser el supuesto foco principal donde muchos piensan que se ocasionó la enfermedad. Un punto más para nuestra leyenda negra, pues, en realidad, todo se debe a una triste casualidad: al ser uno de los pocos países neutrales durante la época, se hizo eco de los primeros casos. Otras zonas que se encontraban en guerra estaban bajo censura militar y decidieron ocultar la pandemia. Sea como fuere, nuestra región fue una de las más afectadas, con ocho millones de personas infectadas y 300.000 fallecidas.

La mal denominada gripe española, causó la muerte de aproximadamente 50 millones de personas (otras cifras apuntan 100 millones) al finalizar la Primera Guerra Mundial. Es decir, entre un 10% y un 20% de los que se contagiaron. A diferencia de otras epidemias que afectaron a niños y ancianos, en este caso la mayoría de las víctimas tenían entre 18 y 49 años, en un momento en que la guerra de trincheras y las malas condiciones higiénicas de los soldados en el frente sin duda agravaron el problema. De hecho, en la primavera de ese año empezaron a enfermar de una gripe que parecía peor que la estacional, aunque las autoridades, para no desanimar aún más a una población, profundamente abatida por la situación vital, infravaloraron el problema. El rotativo 'Daily Mail', por ejemplo, aseguró que no era peor que un simple resfriado.

La peste negra (1347-1353 a.C.): 200 millones
La pandemia más devastadora de la humanidad fue la peste negra. Aunque es difícil saber el número de fallecidos en la época, puesto que no se contaba con los sistemas actuales para registrar las muertes, los expertos apuntan que un tercio de la población pudo sucumbir a la enfermedad, que se produjo en Eurasia, y consideran optimista esa cifra. En Alemania, por ejemplo, se estima que uno de cada diez habitantes perdió la vida. En concreto, algunos datos apuntan a que el número de víctimas oscila entre 50 millones y más de 200 millones. Estableciendo paralelismos con la actual epidemia de covid-19, la enfermedad también surgió en Asia y se propagó a Europa mediante las rutas comerciales. Además, el primer contagio en nuestro continente fue en Mesina, una ciudad italiana donde solían parar los marinos. Y, como ha sucedido con las teorías de la conspiración en torno al coronavirus, durante la epidemia de peste negra se culpó a los judíos, que la habrían propagado mediante "el envenenamiento de pozos". Otros hablaban de orígenes más geológicos, como producto de erupciones volcánicas, o incluso culpaban a los astros.

Como también sucede con el coronavirus, la enfermedad pasaba de los animales a los humanos, en este caso provenía de los roedores, que se encontraban en todas partes (algunos hablan de ratas y otros del gerbilino, proveniente de Asia). Aunque Boccaccio habla de un tipo de peste asintomático, que provocaba la muerte a las 14 horas aproximadas, en realidad los síntomas eran múltiples; fiebre superior a 40ºC, sed, tos y sangrado por distintos orificios, y lo que dio nombre a la enfermedad: manchas negras y azuladas en la piel y bubones en cuello, axilas, brazos o piernas debido a la inflamación de ganglios (luego esos bubones se rompían y supuraban un líquido con un terrible olor). Fuente El confidencial.

Pandemia



Los ojos anegados en lágrimas
Y el corazón encogido
El dolor dentro del alma
Por los que tanto han sufrido.

El dolor sigue aumentando
Porque los muertos están en alza
Y el pobre está más pobre
Y el rico sin esperanza.

Más de un millón de muertos
¡por dios¡, es una cifra tan alta
Que pensando en los difuntos
Hasta la parca se espanta.
En el cielo están de obras
Porque quieren hacer espacio
Para llenarlo de almas
Y dejarnos un trago amargo.

Si tú niegas esta pandemia
Con tantos muertos presentes
Que al hijo que tu más quiera
Se lo lleve pronto la muerte…





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