No te culpo...no me culpes...


No voy a decir que es tu culpa o mía,
que caiga en eso ahora es una tontería
y ya de tonterías hemos tenido bastante.

Tampoco me parece aceptable que huya
al hecho de que alguien hoy me sustituya
y otra mujer en mis brazos te suplante.

Alguna vez nos creímos imprescindibles,
cosas serias las convertimos en risibles
y el mapa de nuestro amor fue cambiando.

Los caminos que a amarnos nos conducían,
vientos soplando que de guías nos servían,
cosas que estaban y ya no seguían estando.

Un mapa dibujado empezó a desdibujarse,
amores que se topaban dejaron de toparse
y sueños unidos no volvieron a estar juntos.

Hacer el amor dejó de parecernos la gloria
y nos preguntábamos al leer nuestra historia
si acaso sería el final alguno de sus puntos.

Nos fuimos acostumbrando a las ausencias,
ya no se mezclaban como antes las esencias
ni siquiera para ver ambos cómo anochecía,

en medio de nuestros apuros, nuestras prisas,
al alejarnos supimos que en nuestras sonrisas
alguna lágrima en nuestras almas se escondía.

El tiempo fue pasando, el cielo azul ya era gris,
el panorama celeste cambió rápido, en un “tris”
lo que para hacerlo azul tanto amor nos costó.

El amor era el plato principal de nuestro menú,
pero ya de ese mismo amor no me hablabas tú
y entre mis conversaciones nunca lo incluía yo.

Simplemente dejó de ser lo que parecía que era,
se acabó para nosotros de pronto la primavera
y nos llegó de la nada el más frío invierno...

Dejó de ser el sueño, la esperanza, el anhelo
y los que tan abrazados se fabricaron su cielo,
ahora están viviendo su soledad en el infierno.

No te culpo, no me culpes, cosas que pasan,
situaciones que se nos dan y que nos arrasan
y cuando nos damos cuenta ya sucedieron...

Hubo sentimientos que entre nosotros cabían,
que nos dimos cuenta ambos de que nacían...
pero no supimos ver cuándo murieron.

Poema original de Álvaro Márquez


El seminarista de los ojos negros


El seminarista de los ojos negros
Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.

Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.

Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.








Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: ¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de invierno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyo tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.

Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.
Sola, vieja y triste, aun guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...

Miguel Ramos Carrión

Tengo hambre


Tengo sed ancestral de buenas nuevas,
de torrentes de lluvia redentora,
de cánticos de paz y de armonía,
de abrazos en las luces y en las sombras.

Tengo hambre de luz y de horizontes,
de futuros brillando en la mañana,
de anocheceres de paz y de armonía,
sin miedos, sin temores ni amenazas.

Quiero un mundo mejor para mis hijas,
Un futuro de amor para mis nietos,
Una tierra preñada de esperanza,
Sin basura, sin guerras, sin recelos,
donde todos tengamos un espacio
en que vivir como hermanos, bajo un cielo
sin misiles, sin bombas, sin más truenos
que los rayos que anuncian aguaceros,
donde las armas, el hambre y la miseria
sean solo un recuerdo del pasado
donde volvamos a cuidar la tierra,
esa madre que todo nos la ha dado
que a pesar del horror que le hemos hecho
nos regla la vida entre sus brazos.


La invasión de los phonbies


Los puedes ver recorriendo nuestras aceras, no miran, no escuchan, se deslizan como mutantes pero no se te ocurra interponerte en su camino, serás arrollado sin piedad. Llevan la cabeza baja pendiente de un amuleto que los dirige a distancia, a veces, incluso le contestan, pero sus ojos sus manos y sus vísceras están encadenados a él.

No hay lugar en el que no les acompañe, en el metro, en los restaurantes, en las reuniones de amigos, mientras los humanos dialogan entre ellos, se miran y hasta se tocan, los phonbies permaneces apartados, alienados en su propio universo.

Estos seres descerebrados eran personas normales hasta que cayeron bajo la maldición de ese gran hermano que les dirige, día y noche, las veinticuatro horas están a su merced, y controlan hasta sus sueños.

Esta plaga está cada vez mas extendida, millones de personas han caído bajo sus garras y solo los ancianos parecen permanecer inmunes, ataca a los niños cada vez más jóvenes y una vez inoculados, es imposible librarse, si un apagón milagroso no lo impide, en pocos años, toda la humanidad caerá bajo el imperio de las tinieblas, la máquina dominará al hombre, y los sonidos del silencio será la sinfonía del nuevo mundo.


Cuando te miro...

 


Cuando te miro a los ojos
besando tu ardiente boca,
en mi piel y sobre mi pecho
cien volcanes me provocas.

Y ardo de puro fuego
y en el fuego me consumo
cuando tu pecho y mis besos
se convierten en solo uno.

Cuantos suspiros en mi alma
sintiéndome entre tus brazos,
cuanto amor en mi derramas
cuantos sentimientos puros.


Al dormir si no te tengo
hasta el aire a mi me falta
y voy soñando despierto
que a mi alma tu te abrazas.

Yo me convierto en poema
tú en mi azucena blanca
que en las nubes de mis penas
las alegrías me plantas.

Y sigo diciéndote amor
que de amor te estoy soñando,
que eres mi luna y mi sol
cuando tu me estas besando.




















Me gustan las cosas tiernas


Me gustan las cosas tiernas
que me dan las pequeñeces
que se me incrusta en el alma
y en mi alma siempre crecen...

Los abrazos de esa niña
los besos de gotas de miel
los te amo con caricias
que me hacen enloquecer.

Y yo me vuelvo pequeño
imitando su dulzura
pero a su lado me quedo
que sin ella estoy a oscura.

Yo me vuelvo a contemplarla
que su pequeñez me produce
mil luciérnagas de hadas
que me enciende con sus luces.

Pero que cosita, princesa
florecita de mis sueños
quédate siempre chiquita
para dejarte muy adentro.

Y es que ya sabes mi vida
que me gustas pequeñita
y te amo sin medidas
para volverte infinita...


Tu silencio me condena


¡Oh!, si las horas de placer duraran
como dura el calor en el infierno,
si los fulgores del amor materno
duraran para siempre y no cesaran.

¡Oh!, si tantos lamentos no asomaran
en los versos que alberga mi cuaderno,
si todo tu cariño fuera eterno
y los años perdidos no importaran.

Quizá no te hablaría de la pena
que tengo y que me acosa cual arpía 
cada vez que tu adiós entra en escena.

Me mata no encontrar tu compañía, 
pues todo este silencio me condena
a tener que añorarte cada día.


Rendido de sentimientos


Quisiera tenerte cerquita
para decirte al oido
que mi pasión se desboca
cuando me quedo rendido.

Rendido de sentimientos
y los besos de tu boca
que me queman a fuego lento
y refuerzan mis ansias locas.

Y es que tienes ese talento
que artera hasta las rocas
y haces de mi tormento
brotar las rosas mas rojas.

Ya ves que estoy delirando
por surfear tus relieves
y tenerte tan cerquita
como la cumbre y la nieve.


Gacela de la terrible presencia


Yo quiero que el agua se quede sin cauce.
Yo quiero que el viento se quede sin valles.

Quiero que la noche se quede sin ojos
y mi corazón sin la flor del oro.

Que los bueyes hablen con las grandes hojas
y que la lombriz se muera de sombra.

Que brillen los dientes de la calavera
y los amarillos inunden la seda.

Puedo ver el duelo de la noche herida
luchando enroscada con el mediodía.

Resisto un ocaso de verde veneno
y los arcos rotos donde sufre el tiempo.

Pero no me enseñes tu limpio desnudo
como un negro cactus abierto en los juncos.

Déjame en un ansia de oscuros planetas,
¡pero no me enseñes tu cintura fresca!

En mayo de 1921, Lorca volvió a Granada, teniendo así la oportunidad de conocer al maestro Manuel de Falla, que se había instalado en la ciudad en septiembre del año anterior. Su amistad les llevó a emprender varios proyectos en torno a la música, el cante jondo, los títeres, y otras actividades artísticas paralelas. Ese mismo año, Lorca escribió el Poema del cante jondo, obra que no se publicaría hasta diez años después. Esos años en Granada giraron alrededor de dos focos culturales: Falla y la tertulia de "El Rinconcillo"...Para saber más pulse aquí.



El otoño de la esperanza


Lo peor de envejecer no son las canas, ni los achaques ni tan siquiera la enfermedad, lo peor es que con cada cabello, pierdes algo que es vital para la supervivencia, los ideales. Durante la infancia nos lo creemos todo, creemos en Dios, en los reyes, en nuestros padres, todo está meridianamente claro y no hay hueco para la duda.

La adolescencia nos trae las primeras incertidumbres, una vez destronados los reyes, empezamos a cuestionarnos a Dios y a la familia y nos revelamos contra la autoridad pero a cambio vislumbramos nuevos horizontes;  los derechos humanos, la ecología, o la política se presentan como metas irrenunciables. Nos identificamos con ideologías redentoras, adoramos a nuevos dioses y salimos a la calle pidiendo libertad y justicia, el sufragio universal nos parece la panacea y nos alineamos incondicionalmente tras líderes y banderas.

Pero los años van cayendo y conforme nos adentramos en el otoño, todas aquellas esperanzas se marchitan como hojas caducas, las ideologías son utilizadas como muletas para torearnos, los líderes mesiánicos son ídolos con pies de barro y empiezas a comprender que "Todo tiene que cambiar para que nada cambie". Algunos optamos por la política del avestruz, y enterramos la cabeza en nuestro propio agujero, otros leemos, investigamos y debajo de cada piedra surgen cientos de gusanos, muchos de aquellos dioses eran sepulcros blanqueados. Algunos arrojamos la toalla y nos agarramos al egoísmo como medio de supervivencia, otros seguimos luchando contra la injusticia y nos desesperamos leyendo los diarios o viendo a los políticos enfangarse en prevaricaciones y corruptelas.

Lo peor de envejecer no es perder la memoria, lo peor de envejecer es perder la fe en la humanidad, en la justicia y en uno mismo, cuando la última hoja de esperanza se desprende de tus ramas, puede que te queden muchos años de vida, pero en realidad, ya estás muerto.


Si yo le pregunto al mundo


Si yo le pregunto al mundo
El mundo me ha de engañar
Cada cual cree que no cambia
Y que cambian los demás
Y paso las madrugadas
Buscando un rayo de luz
Porqué la noche es tan larga
Guitarra, dímelo tú

Se vuelve cruda mentira
Lo que ayer fue tierna verdad
Y hasta la tierra fecunda
Se convierte en arenal
Y paso las madrugadas
Buscando un rayo de luz
Porqué la noche es tan larga
Guitarra, dímelo tú.

Los hombres son dioses muertos
De un tiempo ya derrumbao
Ni sus sueños se salvaron
Sólo la sombra ha quedao
Y yo le pregunto al mundo
Y el mundo me ha de engañar
Cada cual cree que no cambia
Y que cambian los demás.

Y paso las madrugadas
Buscando un rayo de luz
Porqué la noche es tan larga
Guitarra, dímelo tú.

Ludibria mortis


Este mortal despojo, oh caminante,
triste horror de la muerte, en quien la araña
hilos anuda y la inocencia engaña,
que a romper lo sutil no fue bastante,

coronado se vio, se vio triunfante
con los trofeos de una y otra hazaña;
favor su risa fue, terror su saña,
atento el orbe a su real semblante.

Donde antes la soberbia, dando leyes,
a la paz y a la guerra presidía,
se prenden hoy los viles animales.

¿Qué os arrogáis, ¡oh príncipes!, ¡oh reyes!;
si en los ultrajes de la muerte fría
comunes sois con los demás mortales?

¡De nuevo mata a Miguel Ángel Blanco.!


25 AÑOS DESPUÉS

Quien diría que, en julio, un brusco frío,
de lleno congelara nuestras calles,
que de hielo cubriera nuestros valles
y en el alma se hiciera un gran vacío.

Que, de la nieve, el blanco, el tuyo, el mío,
al grito inmenso de millones de ¡ayes!
un ¡basta ya! pintara con detalles
los llantos, el dolor y el griterío.

¿A dónde llega la miseria humana
que en un altar coloca a la miseria
y la adorna de un barro sucio, estanco?

Una vez más se asoma a la ventana
y convierte el dolor en una feria.
¡De nuevo mata a Miguel Ángel Blanco.!

JJRME (Terly)

Hades: el rey del infierno de la mitología griega.


Hades es el soberano del infierno en la mitología griega.

Su nombre, cuyo significado cifra un misterio terrible, a veces se utiliza para designar uno de los reinos infernales griegos: el Hades.

Hades, en realidad, es el Señor del Inframundo, cuya superficie incluye distintas regiones y dependencias tenebrosas.

Desde ese puesto integraba la más antigua trinidad de Occidente, junto sus hermanos: Zeus, Señor del Olimpo, y Poseidón, Señor de los Mares.

Se dice que los Cíclopes, como signo de sumisión, en el remoto tiempo en el que los dioses derrotaron a los Titanes y establecieron el orden en el mundo, le entregaron a Hades un fabuloso casco cristalino que otorgaba la invisibilidad (kuné).

Este episodio, que concluye la Titanomaquia, relata que, tras diez años de conflicto, Gea, la Madre Tierra, profetizó la victoria para Zeus y éste admitía como aliados a todas las criaturas que Cronos había confinado al Tártaro.

Así Zéus sus hermanos, Hades y Poseidón, liberaron a los Cíclopes y a los Hecatonquiros. En reconcimiento Zeus recibió el rayo; Poseidón su tridente, y Hades su casco.

En ocasiones Hades prestar su casco a sus héroes favoritos para ayudarlos en sus empresas.

Esta ambivalencia entre el rigor absolutista del inframundo y la bondad sugire una mayor profundidad filosófica que la del monoteísmo.

La faz piadosa de Hades se hacía extensiva a su pareja: Perséfone, implacable, vigilante de los trabajos forzados a los que sometía a los réprobos, pero amable y permisiva en su contacto con los hombres, por los que se dejaba poseer con desenfrenada alegría.

La etimología Hades es dudosa. Muchos coinciden en que su nombre proviene de la palabra griega Ἀΐδης (Aides), cuyo significado sería "el ciego", aunque literalmente debería traducirse como  "El que no ve".

Con la inefable sabiduría que caracteriza a los mitos griegos, éstos imaginaron que Hades era hijo de Cronos (el Tiempo), y los latinos lo identificaron con Plutón, de rango análogo, horroroso e inestable, que para no ofenderlo con epítetos oscuros se lo llamaba cándidamente "el dispensador de bienes".

Los talmudistas más audaces hicieron a Hades responsable del gobierno y administración del Sheol, vago infierno donde los muertos pierden la conciencia y la capacidad de actuar pero no los recuerdos.

En este contexto, la eternidad se convierte en el peor casitigo inimaginable: una memoria de la vida que sigue mostrándonos, con macabra precisión, las oportunidades que derrochamos, por cobardía o languidez, mientras una procesión interminable de sombras fatigan a Hades con estériles lamentos.

Lobo de mar


Todas las aventuras, en un vaso, 
y los sueños muriendo poco a poco;
la mirada de viejo lobo y loco 
oscurece en el iris de su ocaso. 

En la boca, la pipa, sale al paso
con un aroma clásico y barroco,
se llena de humo amargo y de sofoco 
cualquier arruga próxima al fracaso.

Viejo lobo de mar, rencor y hastío, 
toda historia se copia y se repite
para dejar su sal sobre la arena .

De pelo cano y de ilusión vacío 
los  días van jugando al escondite
en la guarida amarga de la pena.

Ramón Bonachí.

En la selva


Soy como un furtivo en la selva
cuando tu no estas conmigo
perdido en la enredadera
esperando un cruel castigo
con la soledad mas cruda
sufriendo un cruel destino.

Como quieres que te diga
que eres el amor de mi vida
y perdido en la maleza
estoy solo y sin esperanza.

Pero yo te espero aqui
sentado en este camino
por si quieres tu venir 
para sellar mi destino.

Que el mio esta en tus brazos
donde quiero ya tenerte
antes de convertirme en un tronco
sin poder acariciarte.

Vente a la selva mi amor
que te quiero devorar
vente mi rayo de sol
que sin ti no se ni amar.


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